Calma, calma. No se acalore usted tan pronto... cuando apenas he comenzado...
LUCRECIA
Es monstruoso que se me pida una entrevista para mortificarme, para ultrajarme. (Afligida.) Señor Conde, usted nunca me ha querido.
EL CONDE
Nunca... Ya ve usted si soy sincero. Mi penetración, mi conocimiento del mundo no me engañaban. Desde que vi a Lucrecia Richmond la tuve por mala, y si en algo han fallado mis augurios ha sido en que... en que salió usted peor de lo que yo pensaba y temía.
LUCRECIA, levantándose altanera.
Si esta conferencia, que yo no he solicitado, es para insultarme, me retiro.
EL CONDE, sin alterarse.
Como usted guste. Si prefiere que lo que tengo que decirle lo diga a todo el mundo, retírese en buen hora. Por la cuenta que le tiene, preferirá sin duda oírlo sola, por mucho que le desagraden mi voz y mis acusaciones. ¿No es eso? El oprobio de que pienso hablarle quedará entre los dos. Nos lo repartiremos por igual, sin dejar nada para los extraños. ¿No es esto mejor que arrojarlo fuera, a puñados, sobre la multitud? (La Condesa, que vacila entre salir y quedarse, da un paso hacia su asiento.) ¿Ve usted cómo no le conviene dejarme con la palabra en la boca?... Así es mejor.
LUCRECIA, angustiada, pasándose la mano por los ojos y la frente.