Sí, sí... Le suplico la brevedad... Lo que se propone decirme, dígalo pronto, pronto...

EL CONDE

Es un poquito largo... (Le señala el asiento.) ¿A qué tanta prisa? ¡Cuánto mejor está usted aquí conmigo, oyendo las terribles verdades que salen de mi boca, que entre gentes aduladoras y embusteras, que públicamente la festejan, y en privado la denigran! ¿Acaso es usted tan candorosa que se paga de esa estúpida farsa de la ovación callejera, y los vivas y los cohetes? Todos los que se han quedado roncos aclamando a la Condesa de Laín, se aclaran la voz contando aventuras galantes, anécdotas maliciosas. Y también digo que, con ser usted mala, no lo es tanto como creen y afirman los imbéciles que ayer la vitorearon.

LUCRECIA, queriendo serenarse.

Más vale así... Siempre es un consuelo ser mejor de lo que nos creen los amigos.

EL CONDE

Siéntese usted. Después de oír tantos embustes y lisonjas, no le viene mal oír la voz de la justicia, de la verdad... y oírla con paciencia cristiana.

LUCRECIA

¡Paciencia! Ya ve usted que la tengo, aunque no sea tanta como su malicia. Pero no hay que abusar, señor mío; no vea usted cobardía en lo que es respeto a la ancianidad, a los lazos que nos unen y que usted no puede desconocer, a sus terribles infortunios...

EL CONDE, con gran abatimiento.