Sí, sí: soy muy desgraciado.
LUCRECIA, envalentonándose al ver desmayar a su enemigo.
Pero usted, Sr. D. Rodrigo, no aprende nunca. Las desgracias, que son lecciones y avisos de la Providencia, doman al más soberbio, y suavizan al más atrabiliario. Esta ley, sin duda, no reza con usted. Francamente, yo creí que la pérdida total de su fortuna y el horrible desengaño de América, amansarían su orgullo... Veo que no. El león, caduco y pobre, vuelve a España más fiero.
EL CONDE
¿Qué quiere usted?... Dios me ha hecho fiero, y fiero he de morir.
LUCRECIA, intentando tomar una posición ofensiva.
Es usted, según creo, el hombre de las equivocaciones, y bien puede decirse que todo aquello en que pone la mano le sale mal. Le hacen creer que el Gobierno peruano está dispuesto a reconocerle la propiedad de las minas de Hualgayoc, y se embarca, la cabeza llena de viento, discurriendo cómo traerá la enorme carga de millones que allá le tenían muy guardaditos... Pero la realidad le deparó tan solo desprecios, cansancio inútil, humillaciones... Y no teniendo sobre quién descargar su despecho, se revuelve contra una pobre mujer, y la injuria y la maldice.
EL CONDE
Si al regresar de aquella excursión que consumó mi ruina hubiera yo encontrado a mi hijo vivo, su cariño me habría hecho olvidar mi triste situación. Pero la muerte de Rafael, acaecida hace cuatro meses, avivó en mí la irascibilidad, despecho si usted quiere, el sabor amargo que en mi alma dejaron las desdichas... y avivó también el odio a la persona que creo responsable de la infelicidad y de la muerte de aquel hombre tan bueno y leal.
LUCRECIA, altanera.