Ahora lo veremos... (Con cierta dulzura.) Lucrecia... aún podría suceder que yo me equivocara, que fuese usted mejor de lo que supongo... Este error mío lo confirmaría usted, dándome con ello una dura lección, si tuviera el arranque de confesarme la verdad...
LUCRECIA, aturdida.
¿La verdad?...
EL CONDE
Sí... sobre un punto delicadísimo sobre el cual la interrogaré.
LUCRECIA, medrosa.
¿Cuándo?
EL CONDE
Ahora mismo... sí, y contestándome sin pérdida de tiempo, me proporcionará el placer inefable de perdonarla. Crea usted que al fin de mi vida, quebrantado, triste, moribundo casi, el perdonar es gran consuelo para mí.
LUCRECIA, con terror.