No, no. No puede usted negarse a responderme... al menos para demostrarme que no tengo razón, si en efecto no la tuviera y usted pudiese probarlo. Lo que voy a preguntar es grave, y el acto de preguntarlo yo, de contestarme usted, ha de revestir cierta solemnidad. Ahora no soy yo quien habla: es el marido de la que me escucha, es mi hijo, que resucita en mí... (Pausa.) Siéntese usted. (La lleva al sillón.)
LUCRECIA, cayendo desfallecida en el sillón.
Por piedad, señor... Me está usted martirizando.
EL CONDE
Perdóneme usted... Es preciso... Hay que sufrir algo, Lucrecia. No todo ha de ser gozar y divertirse. (Pausa. La Condesa, ansiosa, no se atreve a mirarle.) Al llegar a Cádiz de mi frustrado viaje, entregáronme una carta de Rafael, en la cual me manifestaba su dolor, su amargura hondísima. La vida había perdido para él todo interés. Hallábase enfermo, y en su desesperación no anhelaba curarse. Le consumía el desaliento, la pérdida de toda ilusión, la vergüenza de ver ultrajado su nombre...
LUCRECIA, revolviéndose.
¡Señor Conde, por Dios...!
EL CONDE
Mi hijo vivía separado de su esposa desde el año anterior.
LUCRECIA