Pero, a poco de recibir la carta, me dio cuenta detallada de las aventuras de la Condesa de Laín un amigo mío queridísimo, persona de intachable veracidad, que no solo refería lo que era público y notorio, sino algo que por circunstancias excepcionales tuvo ocasión de conocer y comprobar; hombre que no ha mentido nunca, tan bueno y noble, que al hacerme la triste historia de aquellos escándalos, casi, casi los atenuaba... No necesito nombrarle. Usted le conoce.
LUCRECIA, aterrada, casi sin voz.
Yo... no.
EL CONDE
Usted sabe quién es. Y no se atreve, no se atreve a sostener que ha mentido, porque su conciencia, Lucrecia, se sobrepone a su cinismo; y antes dudará usted de la luz que de la veracidad de ese hombre, venerado de todo el mundo, gloria de la magistratura...
LUCRECIA, agarrándose a un clavo ardiendo.
El hombre más recto puede equivocarse... sobre todo si respira un ambiente malsano de hablillas y embustes...
EL CONDE
Sigo. Me refirió todo, todo... es decir, todo no. Falta algo, tan secreto, que solo usted lo sabe... y usted me lo va a decir.
LUCRECIA, con angustias de muerte.