¡Qué suplicio, Dios mío!
EL CONDE
¡Suplicio! No se acuerda usted del de su esposo, fugitivo, solo, muriendo de melancolía, sin que ningún cariño le consolara... porque yo estaba ausente, y usted, que no le amaba, no hacía más que rebuscar pretextos para apartarse de su lado... Claro que al recibir la carta y al oír los informes de mi amigo, me faltó tiempo para correr al lado de Rafael. Tomé el tren, y sin parar en ninguna parte, me fui a Valencia...
LUCRECIA
¡Ay de mí!
EL CONDE, con voz lúgubre.
Dos horas antes de llegar yo, mi adorado hijo había muerto. Agravose su enfermedad en aquellos días. Él no hacía caso... Un tremendo acceso de disnea, el espasmo... la muerte. Todo en unas cuantas horas... (Llora. Pausa.) Murió en el cuarto de una fonda... vestido sobre la cama... mal asistido de gente mercenaria... ¡Jesús... qué dolor...!
LUCRECIA, muy conmovida, sollozando.
¡Oh! Señor Conde, aunque usted no lo crea, yo le amaba...
EL CONDE, iracundo, limpiándose las lágrimas.