Entonces... (Pausa. Ambos se miran.)
EL CONDE
Los muertos hablan.
LUCRECIA, con terror.
¡Y Rafael...! (Vacilante entre la incredulidad y un miedo supersticioso.)
EL CONDE
Desesperado, loco, permanecí... no sé cuántas horas... ante el cadáver de mi pobre hijo, sin darme cuenta de nada que no fuera él y el misterio inmenso de la muerte. Pasado algún tiempo, empecé a fijar mi atención en lo que me rodeaba, en sus ropas, en los objetos que le pertenecieron, en los muebles que había usado, en la estancia... (Pausa. La Condesa le escucha con ansiosa expectación.) En la estancia había una mesa con varios libros y papeles, y entre ellos una carta...
LUCRECIA, temblando.
¡Una carta...!
EL CONDE