Sí. Rafael estaba escribiéndola a las tres de la madrugada, cuando se sintió mal. Vino bruscamente la muerte, le atacó con furia, ¡ay!... El infeliz llamó; acudieron... Se le prestaron los auxilios más perentorios... Todo inútil... La carta allí quedó medio escrita... Allí estaba ¡hablando... y viva! hablando... ¡era él!... La leí sin cogerla, sin tocarla, inclinado sobre la mesa, como me habría inclinado sobre su lecho si le hubiera encontrado vivo... La carta dice...
LUCRECIA, casi sin aliento, la boca seca.
¿Era para mí?
EL CONDE
Sí.
LUCRECIA
Démela usted. (El Conde deniega con la cabeza.) ¿Pues cómo he de enterarme...?
EL CONDE
Basta que yo repita su contenido. La sé de memoria.
LUCRECIA