No basta... Si me acusa, necesito leerla, reconocer su letra...
EL CONDE
No es preciso. Yo no miento. Bien lo sabe usted... Principia con un párrafo de amargas quejas que pintan la discordia matrimonial, lo inconciliable de los caracteres. Siguen estos gravísimos conceptos (repitiéndolos palabra por palabra): «Te anuncio que si no me envías pronto a mi hija, la reclamaré. Quiero tenerla a mi lado. La otra... la que, según declaración tuya en la desdichada carta que escribiste a Eraul, y que pusieron en mi mano sus enemigos... no es hija mía... te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara...» (Pausa silenciosa.)
LUCRECIA, con estupor, que casi es embrutecimiento.
¿Eso decía... eso dice...?
EL CONDE
Esto dice... (Repitiendo con pausa.) «La otra... la que no es mi hija, te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara.» Y luego añade: «Ya sabes que lo sé. No puedes negármelo... Tengo pruebas.»
LUCRECIA, buscando una salida.
¡Pruebas!... ¡Quiero ver la carta!
EL CONDE