¡Ah!... yo me entiendo.
LUCRECIA
Está usted loco... Su demencia me inspira compasión.
EL CONDE
La de usted, a mí no me inspira lástima. No se compadece a los seres corrompidos, encenagados en el mal.
LUCRECIA, iracunda.
Continúa injuriándome, ¡a mí, a la viuda de su hijo!
EL CONDE, levantándose altanero.
La que me habla no es la viuda de mi hijo, pues aunque la ley, una ley imperfecta, así lo dispone, por encima de esa ley está la autoridad moral del jefe de la familia de Albrit, que la coge a usted, y la arranca, como cosa extraña y pegadiza, y la arroja a la podredumbre en que quiere vivir.
LUCRECIA, furiosa, descompuesta.