EL CONDE

Tú, pastor Curiambro, luchas en el terreno de la moral, disputando almas al pecado; tú, Salvador, te bates con la muerte en el terreno físico, tratando de arrancarle los pobres cuerpos humanos; yo combato en la esfera moral contra el deshonor (Pausa; D. Carmelo y Angulo se hacen guiños), que es lo mismo que decir: por el derecho, por la justicia... (Pausa. Sonríe benévolamente.) Veo poco, amigos míos; pero lo bastante para hacerme cargo de que os reís de mí.

EL CURA

¡Oh! no, Sr. D. Rodrigo...

EL CONDE

Si no me enfado, no. ¡Ay! El quijotismo inspira siempre más lástima que respeto. Si compadecéis el mío, yo compadeceré el vuestro: el religioso y el científico... ¡Cómo ha de ser! En la relajación a que hemos llegado, el honor ha venido a ser un sentimiento casi burlesco.

EL CURA

Reconozcamos, mi señor D. Rodrigo, que lo han desacreditado los duelistas...

EL CONDE

Sí, sí, y los nobles presumidos. Aparte de eso, ¿no alcanzáis a ver la relación íntima del honor con la justicia, con el derecho público y privado? No, no la veis... Sin duda sois más ciegos que yo... Y decidme ahora, tontainas: ¿también os parecen cosa baladí la pureza de las razas, el lustre y grandeza de los nombres, bienes que no existen, que no pueden existir sin la virtud acrisolada de las personas que...? (Sus interlocutores callan, observándole.) No, no me entendéis. Tú, clérigo, y tú, doctorcillo, vivís envenenados por los miasmas de la despreocupación actual, de ese asqueroso lo mismo da, de ese inmundo ¿y qué?