D. PÍO, tímidamente.
Señor Conde, yo no puedo dejar a las señoritas, porque el Sr. Venancio me encargó mucho que no les consintiera separarse de mí; que con ellas salía y con ellas tenía que volver a casa.
EL CONDE, picado.
Ya que no es usted su maestro, porque ellas no aprenden, le mandan a usted que sea su pastor. Pues para pastorear este rebaño, me basto y me sobro, Sr. Coronado.
D. PÍO
No se incomode, señor. Yo no hago más que cumplir las órdenes de Venancio.
EL CONDE, dominando su ira por hallarse frente a un ser débil e inofensivo.
¿Y mis órdenes no significan nada para usted? Ese bestia mandará en su casa, pero no en mi familia.
NELL, asustada.
Abuelito, por amor de Dios, no te incomodes.