Yo alabo tu arreglo, y me parece muy bien que, cuando como solo con estas, no se conozca que eres buena cocinera, ni que tu despensa está bien surtida, ni que posees vajilla elegante y manteles limpios. Decidido a dejarme educar por vosotros en la sordidez y en la miseria, que tan bien cuadran a este tristísimo fin de mi vida, os daría la satisfacción, si lo quisiérais, de comer con vosotros en la cocina... (Mutismo enojoso de Gregoria y Venancio. Este traga saliva muy amarga. El Cura y el Médico no saben qué decir.) Yo te felicito una y otra vez, porque distingues, con claro talento, entre mi persona humilde y la de mis amigos. Nos debemos a la sociedad. (Gregoria recoge las migajas y el servicio del postre sin decir una palabra. La procesión va por dentro. Venancio se retira.) Y estoy bien seguro, porque te conozco, de que el café de esta noche será excelente, como tú sabes hacerlo cuando no estamos en familia, en la santa llaneza a que os obligan vuestros escasos recursos...
GREGORIA, tragándose la ira.
El Sr. Angulo toma té, ¿verdad?
EL MÉDICO
Sí: el café me desvela.
EL CURA
A mí, no: venga café.
DOLLY
Lo serviremos nosotras.
NELL, levantándose.