Eso no. Mandaré traerlo del café...
EL CONDE
No te molestes... (A Venancio y Gregoria, con majestuosa indignación.) No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras almas ennegrecidas por la avaricia; no sois cristianos; no sois nobles, que también los de origen humilde saben serlo; no sois delicados, porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza caída, la pisoteáis, vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa, pasásteis de animales a personas. Sois ricos... pero no sabéis serlo. Yo sabré ser pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit.
SENÉN, con afectada gravedad y adulación.
Los deseos de la Condesa son que se prodiguen al señor todas las atenciones que merece por su categoría...
EL CONDE
Ya lo veis: esa mujer liviana y sin pudor es más cristiana que vosotros, y más generosa y delicada.
VENANCIO, turbadísimo, tragándose la ira.
La Condesa no puede mandarme... yo... digo, la Condesa es mi señora... dueña de todo...
GREGORIA, vivamente.