No vayas a creerte que hago yo estas cosas porque me quieras. Pégame, y haré lo mismo. Las hago porque es mi deber, porque soy tu nieta, y no puedo ver con calma que a un caballero como tú, poderoso en otro tiempo y dueño de toda esta comarca, le desatiendan gentes groseras, que no valen lo que el polvo que llevas en la suela de tus zapatos.
EL CONDE, con viva emoción.
Deja que te bese una y mil veces, criatura. ¿Conque tú...?
DOLLY
Y a esos indecentes, que no se acuerdan de la miseria que tú les remediaste, ni de que crecieron, yerbecitas chuponas, en el tronco de Albrit; a esos puercos, arrastrados, canallas, les estaría yo dando en la cabeza con el palo de esta escoba, hasta que aprendieran a respetar al que honra su casa solo con pisar en ella.
EL CONDE, empañada la voz por la emoción.
¡Y tú... tú piensas eso!
DOLLY
Y lo digo... y lo hago... Esta noche, cuando vuelva del convite, te arreglaré toda la ropa, que la tienes bien destrozadita. Esa pánfila de Gregoria no da una puntada en tu ropa. Fíjate en la de Venancio, que parece un Duque.
EL CONDE. (Cruza las manos y la contempla extático, tratando de estimular la visión en sus ojos enfermos.)