El Médico y el Cura cambian una mirada de satisfacción. Propone el Prior enseñar la sacristía, y dar un paseo por la huerta antes de comer, y a todos les parece idea felicísima. Aunque el buen Albrit ve poco, se presta con galana urbanidad a que le muestren prolijamente las imágenes, los ornamentos, los vasos sagrados. El pobre señor, en obsequio a los bondadosos frailes, hace como que lo ve todo, y con discreta lisonja de buena sociedad, todo lo admira y alaba, hasta que el Prior, abriendo un estuche, saca de él un cáliz y se lo enseña, diciéndole: «Esta hermosa pieza es donación de la Condesa de Laín.» Inmútase el anciano, y después de preguntar a Maroto si celebra en la hermosa pieza, y de responderle el fraile que sí, suelta un terno... y tras el terno una denominación que es escándalo y azoramiento de todos los que cerca están. Hace el Prior como que no ha oído nada, y siguen.
Se sirve la suculentísima y abundante comida en una salita próxima al refectorio, mientras come la Comunidad, y solo asisten a ella, a más de los forasteros, el Prior y un monje anciano, el más calificado de la casa. Muéstrase, desde la sopa al café, decidor y jovial el buen Prior, arrancándose a contar salados chascarrillos andaluces de buena ley; y el Conde, aunque con pocas ganas de conversación, y como atacado de tristeza o nostalgia, se esfuerza en cumplir la tiránica ley de cortesía, riendo todos los chistes, incluso los del Alcalde, el cual, después de un impertinente disputar sobre cosas triviales, barre para su casa, sosteniendo la supremacía de las pastas españolas para sopa entre todas las del mundo, incluso las italianas. Termina despotricando contra el Gobierno, porque no protege la industria nacional recargando fuertemente en el Arancel... ¡el fideo extranjero!
De sobremesa, propone el Prior un agradable plan para la tarde: siesta, el que quisiera dormirla; después, paseo hasta la casa de labor de abajo, que es la más interesante; visita a los corrales, establos y cabañas, y, por fin, solemnes vísperas con órgano, Salve, etc.
ESCENA IX
Coro de la iglesia conventual de Zaratán.
EL PADRE MAROTO, en la silla prioral. A su lado EL CONDE DE ALBRIT. Siguen a derecha e izquierda los monjes, ocupando con sus venerables cuerpos más de la mitad de la sillería. En el centro, frente al facistol, los cantores. No hay verja que separe el coro de la iglesia, que es tenebrosa, sepulcral, cavidad cuyos límites y contornos se deslíen en un misterioso ambiente, tachonado por las luces de los cirios. En el fondo lejano se adivina, más que se ve, el altar mayor, disforme carpintería barroca y estofada. A la derecha un órgano pequeño, nuevecito, de excelente son. Toca con maestría el mismo fraile italiano que antes hablaba de la simiente de alfalfa y remolacha forrajera.
EL CONDE, que sin darse cuenta de ello, entrelaza y confunde su rezo con sus meditaciones.
Señor de los cielos y la tierra, ilumíname, dame la verdad que busco... No muera yo sin conocerla... Que acabe mi vida con mis dudas horribles... Padre nuestro que estás... Creí que la falsa es Dolly, y la legítima Nell... y ahora creo lo contrario: Dolly es la buena, Nell la mala, la intrusa... Señor, que no prevalezca en mi familia la usurpación infame... El pan nuestro...
EL CORO
Recordare Domine quid acciderit nobis... Intuere et respice opprobrium nostrum.