EL CONDE, un poco molesto.

Que no me conformo. ¿Cuántas veces he de decirlo?

EL PRIOR

Sí, sí... No se hable más.

EL CONDE, con fina marrullería.

No desconozco la fuerza de las razones expuestas para convencerme. Ni quiero que vean ustedes en mí un hombre terco, atrabiliario y desagradecido... No, Prior; no, amigos míos. Mal genio tengo; pero de las tempestades de mis nervios suele surgir el juicio sereno y claro. Hermoso es Zaratán, simpáticos y agradabilísimos el Prior y sus dignos cofrades. ¿Quieren tenerme por compañero y amigo? No digo que sí; no digo que no... No debo aparecer ingrato, ni tampoco ansioso de un bien que no merezco.

EL PRIOR, repitiendo los palmetazos afectuosos.

¡Si al fin, monseñor, hemos de comer juntos muchos potajitos... y nos hemos de pelear aquí... como buenos hermanos!

EL ALCALDE, dando resoplidos.

¡Si digo que...!