¿Y para qué quiere usted esa libertad más que para calentarse los sesos, acometiendo empresas ideológicas en busca de una luz que no ha de encontrar? (Queriendo acariciarle.) Créame a mí, que soy su amigo. Esos señores dejan a mi cuidado al león de Albrit, y yo respondo de que, pasada esta efervescencia de amor propio, monseñor nos lo agradecerá. Mi orden me manda acoger al desvalido, y practicar en todo caso las Obras de Misericordia.

EL CONDE, decidido a partir.

Muy bien. La novena dice: «No encerrar al prójimo contra su voluntad...» Dígame usted por dónde se sale.

EL PRIOR, dominándose, y persistiendo en los procedimientos de dulzura.

Por segunda vez, Sr. D. Rodrigo, le invito a considerar que es locura oponerse a esta santa reclusión, dispuesta por la familia, patrocinada por los amigos, aconsejada por la Facultad... En ninguna parte tendrá monseñor la paz, la tranquilidad y los bienes materiales que aquí le prodigaremos sin tasa.

EL CONDE, cada vez más colérico.

Maldigo a la familia, maldigo a los amigos, a la Facultad y a este endiablado laberinto de Zaratán, donde quieren que yo me vuelva loco... Pronto, señor Prior, mande usted que me franqueen la salida. (Avanza con paso resuelto por la alameda de chopos jorobados.)

EL PRIOR, tras él, suplicante.

Reflexione usía, señor Conde; considere que ofende a Dios renegando de este santo recogimiento, en que la Religión y la Naturaleza le ofrecen descanso y paz...

EL CONDE, revolviéndose furioso.