EL PRIOR.
Ahora lo veremos. ¡Leoncitos a mí!...
(Aunque no ha boxeado nunca, es hombre de empuje; sus puños cerrados igualan a la maza de Fraga, y los músculos de su brazo compiten en elasticidad y fuerza con el acero. La actitud guerrera del anciano le saca de quicio, y su primer impulso es dar cuenta de él, sin ayuda de sus cofrades.)
EL CONDE, ciego de ira, poniéndose en guardia.
¡Aquí te espero!
(Rodean los frailes al Prior, haciéndole ver con gestos y palabras expresivas la inconveniencia de emplear la fuerza. Basta un momento de reflexión para que así lo comprenda Maroto; se domina: encuéntrase en la posesión plena de sus facultades perfectamente equilibradas; se ríe de sí mismo, se ríe del Conde con más lástima que menosprecio, y manda que se le abra la puerta.)
EL CONDE
¡Ah! Se me obedece al fin... Abierta la jaula, el león recobra su libertad... ¡Ay del que quiera sujetarle!
(Sale presuroso, y se aleja con tal viveza, sacando bríos de sus piernas cansadas, que su rápido andar parece milagroso.)
EL PRIOR, rodeado de los frailes, viéndole partir.