EL CONDE

Te ha faltado valor.

D. PÍO, candoroso.

Sí, señor... Me faltan ánimos. Esta noche misma llegué decidido, tan decidido, que ya me estaba viendo cenado por los peces; pero en el momento crítico...

EL CONDE

¡Matarse, qué locura! Hay que luchar, luchar sin desmayo para aniquilar el mal.

D. PÍO, con tristeza.

¡Ah! eso no es para mí. Luche quien pueda. Yo no sirvo; nací para dejar que todo el mundo haga de mí lo que quiera. Soy un niño, señor Conde, y no un niño de la raza humana, sino de la raza ovejuna; soy un cordero, aunque me esté mal el decirlo. Nací sin carácter, y sin carácter he llegado a viejo. Permítame que me alabe. Soy el hombre más bueno del mundo; tan bueno, tan bueno, que casi he llegado a despreciarme a mí mismo, y a futrarme, con perdón, en mi propia bondad.

EL CONDE

Y tuya es una frase que corre como proverbial en Jerusa: «¡Qué malo es ser bueno!»