D. PÍO
Gracias, señor Conde. Estamos en el peor sitio. Agarrémonos bien el uno al otro, y vámonos a lugar más abrigado y seguro... Por aquí, señor... (Se agarran y se internan, alejándose del cantil.)
EL CONDE
Por lo visto, las revueltas del Páramo te son familiares.
D. PÍO
Sí, es mi paseo favorito. Esta soledad, esta aridez, este ruido de la mar me enamoran. Llega para mí un momento, al terminar el día, en que me hastían de tal modo las personas, que me arrimo a los animales; pero me hastían también los domésticos, y busco la compañía de los lagartos, de los saltamontes, de los cangrejos, y de todo lo que más se diferencia de nosotros.
EL CONDE
Comprendo tu odio al género humano, infeliz Pío. Dícenme que eres muy desgraciado en tu casa.
D. PÍO, llevándole a un sitio resguardado del viento.
Sí, señor. Más de una vez he venido a estos cantiles con el propósito de arrojarme por el más empinado. Pero...