D. PÍO

Déjeme que siga contándole, para que acabe de despreciarme. Lo que sufro con esas culebronas a quienes llamo hijas, no hay palabras para decirlo. Ellas me pegan, ellas me insultan, ellas me matan de hambre; ellas gozan con mis dolores, con mi vergüenza... ¡Qué malas, qué malas son! Cada una es un demonio, y juntas el infierno. Y que no me vale huir de mi casa y abandonarlas, porque salen desaforadas a buscarme, y me cogen, y me llevan por fuerza, y me besuquean y hacen mil carantoñas. Tengo el corazón tan blando, que cuando veo llorar a alguien soy un río de lágrimas. Pues cuando alguna se pone mala, ¡si viera usía lo inquieto y apenado que estoy! Nada, que me falta tiempo para correr a casa del médico, a la botica...

EL CONDE

Eres cosa perdida. Vas al abismo, buen Coronado.

D. PÍO, agitadísimo.

Lo sé, señor Conde... Por eso pido a Dios que me lleve pronto al cielo, porque allí, lo que es allí... supongo que podrá uno ser tierno de corazón y de voluntad sin perjudicarse... allí puede uno ser todo amor, sin que le descalabren, le pellizquen y le aporreen.

EL CONDE

El cielo, sí. Para ti no hay otro sitio. Aquel es tu mundo, y no debiste, no, Coronado, no debiste venir a este.

D. PÍO, con desesperación.

¿Pero acaso yo me he traído?