LA ALCALDESA

Ni una palabra.

EL ALCALDE

Este tunante de Senén debe de saber algo. Pero ahora, desde que ha dado en tener bouquet, como el vino de Burdeos, se nos ha vuelto tan reservadillo, que ni con saca-corchos se le destapa la boca. (Los tres miran hacia un cenador, cubierto de madreselvas, en cuyo interior está Senén, sentado, tristón, mirando al suelo.) Tú, funcionario, ven acá... o te voy a poner en mi jardín de estatua de la Hacienda pública esperando un ministro.

LA ALCALDESA

Desde las ocho de la mañana le tiene usted ahí, esperando audiencia de la que fue su ama.

SENÉN, destemplado, acercándose.

Ya he dicho que no sé nada.

EL ALCALDE

No negarás que estuviste en Verola.