EL CONDE, muy tranquilo.
Es verdad. A generoso no me gana nadie. Ahora conviene que haga usted alarde de hidalguía, Lucrecia. Si le satisface que crea yo en su arrepentimiento, empiece usted por ser magnánima, aceptando la proposición que voy a hacerle.
LUCRECIA
¡Proposición!
EL CONDE
No he venido a otra cosa. Su conformidad con mi deseo establecerá la concordia inalterable de nuestras almas... En suma, quiero que partamos el bien que Dios nos ha dado: las niñas. Una para usted, la otra para mí.
LUCRECIA, con profunda intención, que disimula.
¡Para usted!... (Pausa.) ¿Cuál?
EL CONDE
Acceda usted a la partición, y después escogeré. ¿A las dos las quiere usted lo mismo?