LUCRECIA
Lo mismo: son mis hijas.
EL CONDE
Yo no puedo decir lo propio: las dos no son mis nietas.
LUCRECIA, con temor.
Otra vez la tremenda interrogación.
EL CONDE
Otra vez, y siempre... Llévese usted a una de las dos, y déjeme a mí la otra, la que yo quiera.
LUCRECIA
¡Dejarla aquí, en poder de usted, y sola con usted! Señor Conde de Albrit, eso es imposible. Además, me hace falta el amor de mis hijas.