EL CONDE, fríamente.

Y a mí el de mi nieta. Tengo derecho a ese consuelo.

LUCRECIA

Hoy es indispensable que las dos estén a mi lado, por muchas razones. No solo debo atender a su porvenir, sino a la salud de mi alma, a mi corrección, en una palabra. Como las plantas necesitan aire y luz, yo necesito el cariño de esas dos criaturas, que fundiré en un solo cariño.

EL CONDE, vivamente.

No son iguales para usted.

LUCRECIA, con firmeza.

Lo son... Otra vez clava usted los ojos de su alma en lo que para usted será siempre tremendo enigma... Son iguales, y si no lo fuesen, yo haré que lo sean. Por nada de este mundo me separo de ellas.

EL CONDE, con desconsuelo.

¿Y yo...?