EL CONDE, con desesperación, clavándose en el cráneo los dedos de ambas manos.
¡Triste de mí! Lucho con la ley, lucho con la madre... contienda imposible...
LUCRECIA, con tesón, levantándose.
Y ni como madre, ni como tutora, puedo acceder a lo que mi padre político pretende.
EL CONDE
¿Será usted capaz de rechazar mi proposición, de desairarme, de negar lo que pide el infortunado Albrit?
LUCRECIA
Con grandísima pena me veo precisada a negarlo. Mis hijas son mis hijas. A ellas les conviene el calor maternal, y a mí el cariño y la presencia continua de entrambas para vivir en paz con Dios, y asegurarme la rectitud de mi alma. La una es mi deber, la otra mi error. Mi conciencia necesita los dos testigos, las dos presencias, para que yo pueda tener siempre entre mis brazos, sobre mi corazón, mis buenas y mis malas acciones.
EL CONDE, atribulado.
Y entre mis brazos y en mi corazón, la soledad, el horrible vacío. (Levantándose, altanero.) No, no, Lucrecia, no me conformo... Por Dios, no me lance usted a la desesperación.