EL CONDE

Bien: no diré nada más. Ni está en mi carácter extremar la súplica... Lucrecia, adiós para siempre.

LUCRECIA

Eso es locura.

EL CONDE, trémulo, balbuciente.

Sí, sí... y los locos pacíficos... cuando no se les da lo que piden, hacen lo que yo... se van. Mas no saldré sin decir a usted que no veo, que no toco el cambio moral que debía ser resultado de su arrepentimiento. No. Lucrecia Richmond es siempre la misma... Confesada y sin confesar, la misma siempre... No creo que la haya perdonado Dios... ¡No la ha perdonado, no la ha perdonado, no, no!...

(Sale con vivísima agitación. Se siente su paso inseguro por la escalera. Baja agarrándose al pasamanos. Lucrecia, muy agitada, cae en el sofá llorosa. Acuden presurosos a ella Monedero y su esposa.)

ESCENA IX

LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA; después NELL

EL ALCALDE