SENÉN. (En el camino de la Pardina a la iglesia, le ha contado algo de las ocurrencias y zaragata de Verola, sin que el Conde demuestre interés alguno.)

Pues, señor, D. Carmelo lo ha tomado con gana. ¡Vaya una correa de sermón que se ha traído!

EL CONDE

Es pesadísimo. Todos estos que comen mucho hablan sin término. El chorro de palabras les facilita la digestión... ¡Y no es floja contrariedad para mí! ¿Pero esto, Dios mío, no se acaba nunca?... Sin duda, Carmelo quiere lucirse con el Prior, y no cae en la cuenta de que el pobre fraile estará tan aburrido como nosotros.

(Pasa tiempo. Como todo tiene fin en este mundo, se acaba el sermón carmelino. Óyense modulaciones de órgano, cantos... Media hora más, y empieza a salir la gente. Retírase Albrit al ángulo del pórtico, para dar paso a la multitud, y en esto sale por la puerta de la sacristía Nell, acompañada de Consuelito y de una criada del Alcalde. Lleva la niña de Albrit caperuza de franela, que le da aspecto de figura gótica, arrancada de las vitelas de un misal antiguo. Su rostro, de hermosas líneas, adquiere distinción severa. Caen sobre sus hombros los pliegues de la tela con suprema elegancia.

Antes que vea Nell a su abuelo, Senén llama la atención de este sobre la aparición de la niña. Se estremece Albrit de sorpresa y emoción; la busca con su mirada incierta. Nell le ve al fin, y corriendo hacia él, le coge las manos y en ellas da sonoros besos. Al aproximarse la señorita, Senén se escabulle.)

ESCENA XIV

EL CONDE, NELL, CONSUELITO

NELL

Abuelito mío, ¿tú también aquí? ¿Por qué no has pasado? Arriba, junto al altar, tienes tu silla.