EL CONDE
¡Nell, qué hermosa estás! Te veo; veo la caperuza blanca...
CONSUELITO, oficiosamente.
Esta es una de las que usó su abuelita Adelaida, Condesa de Albrit. La conservo yo como recuerdo histórico.
EL CONDE, con arrobamiento.
Nell, veo tu rostro. Una aureola de nobleza y majestad lo rodea...
NELL, sorprendida de la emoción del anciano.
Albrit... ¿por qué me miras así? ¿Por qué tiemblan tus manos?... ¿Lloras?
EL CONDE. (Siente hondamente removida su alma. En ella entra una ola impetuosa. Es el convencimiento de que tiene entre sus manos las de la legítima sucesora de Laín y de Albrit.)
Hija mía, tu presencia me causa tanto regocijo como orgullo. Te reconozco. Eres mi descendencia, la continuidad gloriosa de mi sangre. ¡Rama florida de Arista-Potestad, Dios te bendiga!