VENANCIO
La hemos convertido en secadero: allí colgamos las judías...
EL CONDE, sulfurándose más.
Pon las judías en otra parte. ¿Vale tan poco mi persona que no merece... una molestia insignificante de las señoras hortalizas?
VENANCIO, sin acabar de resignarse.
Bien, señor... Ello es que...
EL CONDE
¿Todavía refunfuñas? Debiste, desde que te lo dije, asentir con delicadeza obsequiosa. ¿Será preciso que te lo mande?... Por poco me apuras (golpeando el brazo del sillón.) ¡Oh, triste cosa es para mí ser huésped de mis inferiores! Venancio, quiero someterme al destino, quiero olvidarme de mí mismo, y no puedo, no puedo. La autoridad es esencial en mí. Por Cristo, súfreme o arrójame de mi casa, quiero decir, de la tuya.
VENANCIO
Eso no... (viendo venir al Cura.) Ya tiene vuecencia aquí a su amigo D. Carmelo.