ESCENA IX
EL CONDE, VENANCIO; EL CURA, hombrachón de buen año; de aventajadas dimensiones, enormemente barrigudo, sin carecer por eso de cierta agilidad y soltura de miembros. Su cara es arrebolada, su boca risueña, su nariz como pico de garbanzo, sus ojos pillines. Usa gafas de un azul muy claro, que se le corren sobre el caballete. Viene a palo seco, es decir, sin balandrán, por ser buen tiempo. Es limpio, y la sarga de su sotana, pulcra y reluciente, ciñe y modela sin arrugas la redondez del abdomen, bien atacados todos los botoncitos que corren desde el cuello hasta la panza. Usa gorro negro alto, con caída de fleco, y paraguas de reglamento, que así le sirve para el sol como para la lluvia. Entra en la casa y en la habitación presuroso metiendo bulla, y se dirige al Conde con los brazos abiertos.
EL CURA
¡Carísimo amigo y dueño, D. Rodrigo de mi alma!...
EL CONDE, abrazándole.
¡Pastor Curiambro, ven a mis brazos!... Pero, hijo, ¡qué gordísimo estás!... No me cabes... ¿ves? no me cabes... Me cuesta trabajo poner en tu espalda las palmas de mis manos.
EL CURA
¡Qué sorpresa tan grata, qué alegría!
EL CONDE, tocándole.
Pero, chico, ¿es tuyo todo esto? ¿Es esta tu barriga, o te has traído por delante el púlpito de tu iglesia?