EL CURA, riendo.
Es que en esta tierra, Sr. D. Rodrigo, de nada le sirve a uno hacer penitencia.
EL CONDE
¿Penitencia tú? ¡Hombre, qué cosa tan rara!... En fin, siempre que des gusto a tus feligreses...
VENANCIO, lisonjero.
Tenemos un párroco que vale más que pesa.
EL CONDE
¿Y de salud, bravamente? Tu cara... (Observándole.) Pues, mira, te veo, te veo bien. ¡Como eres tan grandón! ¡Ah!... me permitirás que te tutee, a pesar del tiempo transcurrido.
EL CURA, con modestia suma.
¡Señor Conde, por amor de Dios!...