—Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como para tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la vizcondesa de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto que desean conocerte. Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas más que en tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo pases bien.

Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á mí me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la puerta volvía, diciendo:

—¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor... ¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?

—Á mí no me hace falta nada—le decía yo.

Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» pero calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente necesidad, cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el recuerdo de mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.

No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó miniatura antigua de escaso mérito.

—Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas... Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita de chocha, una tostadita con foie gras y á veces media copita de Chablis.

Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la risa.

—Para distraerme—continuaba,—estuve anoche en el Real. Me subí al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria; son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.

—Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le vendrán mal.