—No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu buena madre que tanto me quiso.

Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que concluía por obsequiarme con una lágrima.

—Cercana á la tumba—decía con patética voz,—parece que se enardecen mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.

Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de contrariedad y sorpresa, y decía:

«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»

Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que me embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á mi cínife:

—Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias, pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad en todo, y las farsas me incomodan.

Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, que su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.

Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el estómago la fantasía de los embustes.

Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio, la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono revelaban su traje y peinado, hecho de varios crepés de diferentes colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un vestido color de pasa de Corinto, que lo menos databa de los tiempos de la Vicalvarada, y que con las trasformaciones y el uso se había vuelto de un color así como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó ráfagas que le daban el mérito de una tela rarísima y milagrosa.