XXXV
«Proxenetes.»
—¿Qué, hombre?
—Proxenetes. Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.
—¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar como la gente.
—Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.
—¿Quién?
—El juez de primera instancia.
Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su terror. Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví que el fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del sillón... Su ingenio debió inspirarle el cómodo partido de desviar el asunto, ingiriendo otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel de víctima.