Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y ella con la izquierda mano me quería alejar.
—No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.
—Yo no merezco... Me he portado tan mal...
—Pero hija mía...
No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni arrancarle una palabra explícita, volví á la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto tiempo. Al dar la vuelta me veía en el espejo con semblante tétrico y los brazos cruzados, y me causaba miedo. No sé las curvas que describí ni los pensamientos que revolví. Creo que anduve lo necesario para dar la vuelta al mundo, y que pensé cuanto puede irradiar en su giro infinito la mente humana. Los gemidos no concluían, ni aquella tristísima situación parecía tener término. De pronto sonó el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de Melchora armonizada ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba la maldita; ¡buena le esperaba!... Entró...
No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte, nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes. Su primer pensamiento y palabra fueron:
—Pero qué... ¿se te olvidó algo?...
No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome, y el silencio y las miradas suplían con ventaja entre los dos á cuanto pudiera expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo, debió Calígula pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se envalentonaba. Después de gruñir, con artificio de cólera digna, sentóse, y sin mirarme se permitió decir:
—Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en su casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...
Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con todo el desdén del mundo, dije á mi cínife: