—Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no me tenga usted en ascuas más tiempo.

¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente de horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la vergüenza, después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, levantóse del asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de la sala.

No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos en la habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. Encontréla arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre el frío mármol de una consola, llorando á mares.

—No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...—murmuré conteniéndome para no llorar como ella.—Usted se juzga quizás con más rigor del que debe... Desde luego yo...

Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un movimiento para apartarme.

—Déjeme usted... Manso... yo no merezco...

—¿Qué, criatura?

—Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...

Y más llanto, y más.

—Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla fríamente...