—Allí también me perseguía.
—Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él, mientras que aquí...
—Porque mi tía me engañó.
—Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa. Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que la ha tratado á usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es una hipócrita.» Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han echado en mi pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como jamás hombre alguno ha servido á mujer desvalida.
Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó caballeresco. Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto que cada palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, observéla desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.
Yo creía hallarme en terreno firme.
—Reconoce usted—le dije en tono de amigo,—que antes de pedirme mi ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos, para mayor claridad, que es como un mundo aparte.
Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir, respondió:
—Sí señor.
Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me la hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las palabras para decirle: