—¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por esta huérfana desgraciada!...
No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez tan sólo supo decir del modo más soso posible:
—Veremos eso, veremos eso...
Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, que la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.
—¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted, y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida, amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.
Petrificado la oí; balbuciente le dije:
—Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.
—Es que yo...
Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea, quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.
—Vamos á ver, Irene—le dije procurando tomar un tono muy paternal.—¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted, en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla á usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no me era posible intervenir en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo para abandonar aquella colocación honrada y tranquila?