—Han llamado, tía; creo que será la modista.
—¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un susto... La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca los fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras y decía que estábamos locas...
—¿Pero usted vió...?
—Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.
—Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...
Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, se precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi mente, no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña Cándida contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué fin...?
Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado con lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo que no volvería hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la misteriosa cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de Salamanca y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y la misma Irene abría la puerta. Estábamos solos.
—Gracias á Dios—le dije sentándome en el mismo sillón que algunas horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo sitio...—Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...
—¡Y tan tremendas!...
¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, qué palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al decirme!: