La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé.
—¿Quieres que te lo pruebe?—repitió doña Cándida á la manera de las hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea bajeza, y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera acogida.—¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen firma... ¿conocerás tú...?
Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé un momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...! ¡No, por aquel medio jamás!
—Señora, no se mueva usted—grité con brío, ya repuesto en mi normal sér.—No quiero ver nada.
—Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas... ¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre sacrificada... Y ya ves qué pago...
Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia.
Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme particularmente antipáticas la papada trémula y la despejada frente cesárica, en la cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se enroscan y se retuercen los gusanos al caer en el fuego.
—Señora, hágame usted el favor de callarse.
—Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí qué te importa, caballero andante y filósofo aventurero?
Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de nuevo... El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor. El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz: