—La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me puedo contener. Es preciso darle una taza de tila.
Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi hermano!...
XXXVI
¡Esta es la mía!
Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la mosquita muerta mi ardiente defensa, ¿qué me importaba? Yo, caballero del bien, me disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á la carga, pues, y luego veríamos.
La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó decirme:
—¿Qué demonios buscas aquí?
Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas, disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio:
—¡Ah!—exclamó fingiéndose asombrado.—¡Qué casualidad! Los dos venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba venir.