Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde la disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la papada que con la voz nos dijo:

—Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo...

Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado. Las tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa por vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro para decirle á gritos:

—Al fin me tiene usted por aquí...

Pero notando mi empaque severo, me miró mucho. Estábamos sentados el uno frente al otro.

—Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú aquí?

—Es la primera vez.

—Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su tierra...

Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo silencio. Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme anticipadamente con la lisonja.

—¡Ah! se me olvidaba—dijo, tomando la máscara de la risa, que le sentaba como al Cristo las pistolas.—Tengo que darte las gracias. Ya me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy. Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste... Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire marrullero, y me dijo: «Ya sé que el señor marqués va para menistro. Si quisiera dar algo á estos probecitos de Dios...» Empezó á pedir. Figúrate, no quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del pueblo y el sello para su hijo mayor; para el segundo la cartería, y para sí propio la cobranza de contribuciones, la vara de alcalde, el remate de consumos y la administración de obras pías... Yo me desternillaba de risa y Sainz del Bardal le prometió proponerle para una mitra.