Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse, dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita.

—¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico. Naufragio del navío Intrépido delante de las rocas de Saint Maló. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno á la cara. ¿Y este otro? Naufragio de la Medusa, por Gericault... Pero aquí todo son naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las cinco.

—Allá se va este reloj con los de mi casa—observó mi hermano, sentándose.—Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina... Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta pronto doña Cándida, me voy.

Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo grave. Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo, por lo que pensó en ponerse en salvo.

—¿Tú te quedas?

—Sí: y tú también.

—Hombre, eso es mucho decir.

—Tenemos que hablar.

—¿Tienes algo que decirme?

—Algo, sí.