—Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí.

—Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa señora tiene vergüenza de ponerse delante de los dos...

José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con todo el comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni manotadas. Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance!

—Pues dímelo pronto—indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de músculos.

—En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí hoy por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación, habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres ni pariente alguno...

—No sigas, no, no sigas—dijo mi hermano, echándoselas de espíritu fuerte.—Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre, hermano, esposo ó siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te metes á juzgar lo que no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo?

—Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un hombre que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre. No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí.

—Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...—balbució José, enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde salir.—Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en cuenta...

—Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué, creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos, ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud fuerzas bastantes para defenderse...

—Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar las cosas como son... Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur... Cosa absurda... Aguarda... Oye.