—No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas...
—En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo, estás hablando ahí... y no es eso, no es eso...
—¿Pues qué es?...
Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y le dije:
—Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi vida?
—Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene... No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve; cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor de Dios, hombre...
—Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble conspiración fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus ideas y tu dinero...
—Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce... Ven á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar... Porque tú... Entendámonos...
—Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue.
—Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo... Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto... ¡dale!..