—Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas ricas que hay en tu casa...

—Gracias.

—Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia. Bien sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa.

Tanta finura me alarmó. No contaba con ella.

—Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa atroz.

La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices se traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.

—Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo... Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín! un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y yo también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. Yo no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. Le debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado la pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta le insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto á los regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por cierto que por empeño de José María... es tan pesado... se han traido algunas cosas, que vendrán á cobrar, y...

La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo, no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto, sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos, antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:

—Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María me debe un piquillo...

Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á reir con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso del mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo para alegrar un cementerio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.