—Que suba Miquis...
—Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba.
—Pero que suba Miquis...
—Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho. ¡Qué sería de nosotras sin tí!
Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se comunicaba con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro pintadas de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga en las construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba estaba casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado en esbozo por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura cuya cabeza estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La veía de espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no asomaba nada. Su respiración era fatigosa y febril, acompañada de un cuchicheo que más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de una fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente el silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero ¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del espíritu.
—La pobrecita tiene una gran pena—me dijo doña Cándida al oido.—El motivo ve á saberlo...
—Ya... ¿le parece á usted poco...?
—No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba, como herramientas para quitarse la vida.
Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la delicadeza me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro encendido, la boca entreabierta, el cabello suelto, encrespado, anilloso y formando un gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de la cabeza. De cerca, el cuchicheo era tan ininteligible como de lejos; diálogo misterioso entre el alma y el sueño.
Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo: